Rizos foscos, de madejas ,pajizos y lágrimas resecas por la falta de abrazos ,consumieron a la muñeca de su infancia. Un vestido de terciopelo verde botella y una eterna mirada al infinito habían quemado los ojitos vidriosos , miel de metal , que esperaban anhelantes cada tarde , la llegada del colegio de los niños de la casa.
Su interior de trapo enmohecido devoraba incesante la caducidad intensa de aquellos labios de coral, y producía repulsa con un hedor a muerte y a verdín ,que compartía con las paredes del desván desde la última gotera del invierno anterior.
Callaba , como callan marionetas y juguetes yermos ante el desdén, y sollozaba en noches de desvelo y ojos de lechuza.
La polvareda fue cubriendo lo que en su día fue un canesú y lo hizo grís inerte;el resto de la tela fue tornando en glauco manto de velorio.
Y como un despojo del Parnaso, sin poder decir su última oración , fue desterrada al cubo de los deshechos.
Allí aguardó el final , que ni las ratas merecen, tras ser idolatrada, mal peinada y desvestida, ahogada en detergente, relegada , aborrecida.
Fue almohada de los cuervos ,y cuna de las polillas.
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