Miseria romántica , empañada por lagrimas de cristal.Así definió el poeta , la muerte del último mendigo de la plaza , con un cartón de vino en la mano, mientras los transeúntes miraban con cara de pavor embrutecido.Lo habían abierto ambos, mano a mano, horas antes , pero sabía que sólo uno de los dos iba a acabar el trago.
Tras los mitones raídos , aquellos dedos amoratados e hinchados , que se habían extendido tantas veces pidiendo misericordia ,de esa que en estas fechas abunda tanto como los tréboles de cuatro hojas, se quedaron encogidos, casi a puño cerrado .
Las gentes rodeaban el fardo , asqueadas , y desde la distancia, un niño,al que solía contar historias mientras sus padres trabajaban en el puesto ambulante de dulces y figuras, se había quedado más huérfano que el día anterior.
La barrendera de los bocadillos amables, del café caliente de las mañanas, de las sopas de ajo del bar de tapas de la esquina, iba a ganar unos cuartos de más , pero había perdido su sonrisa desdentada preferida, porque en casa , nadie le agradecía tanto las cosas , como aquel hombre , que un día llegó , no se sabe cómo , y ese día marchaba , y nadie sabía por qué.
Retiraron el cuerpo.
El viejo policía de Leganitos que le llevaba cartones para el frío , se había quedado helado , le recordaba a su hijo , que un día partió con las drogas , pero jamás regresó.
Muchedumbres histéricas por las compras de última hora , corren aliviadas , ante el fin del suceso , y nada importa.
Porque ya nada queda en ese lugar que les moleste o les produzca malestar , y rompa su burbuja de falsa felicidad , e hipocresía extrema.
Repartidos por la plaza estáticos , quedan los figurantes de la historia.
Un crío llora , una mujer baja la cabeza, y un señor cano muerde su labio inferior.
Miseria romántica, empañada por lágrimas de cristal .
Magistral. Qué triste es que la espiral de consumismo y falsos placeres empañe la verdadera belleza, los mejores sentimientos y los héroes que hay en el mundo
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